
Hace unos años, aproximadamente 8 años atrás, conocí a Ramón Sabella, uno de los pocos supervivientes de aquel famoso accidente de avión en La Cordillera de los Andes, en el que viajaban los miembros de un equipo de Rugby Uruguayo. Los que lograron salir con vida necesitaron seguir luchando por ella los 72 días restantes que duró el rescate a temperaturas de -25º C, sin comida, sin recursos y con la mitad de sus acompañantes sin vida en el medio de la gélida "nada".
De una manera muy casual ambos coincidimos una mañana en Madrid en el ascensor que me llevaba a mi oficina todos los días y a él le llevaba a visitar a un cliente en el número 21 de la Calle Barquillo.
No sé muy bien porque, pero intercambiamos un saludo, el me comentó que era de Uruguay, yo le dije que de Venezuela y que iba camino al trabajo, que trabajaba en una agencia de fotografía. Inmediatamente me dijo que tenía un asunto pendiente con el tema de unos derechos de autor de unas fotografías que había realizado y que tal vez podría ayudarle.
Quedamos en que se pasaría por mi oficina para hablar del tema, y así lo hizo una hora más tarde. Se presentó y me contó su historia. Fue un schock para mi, di un salto hacía atrás y se me escapó un grito de asombro con la mano en la boca y todo en cuánto me dijo: "Hola me llamo Moncho, soy uno de los supervivientes del accidente aereo de los jugadores de Rugby en Chile".
Siempre que he contado esta historia, la gente bromea y me dice tu grito fue de miedo porque pensaste que te iba a comer. Por supuesto que eso nunca se me cruzó por la mente.
Mas que el hecho de que tuvieran que comerse a sus compañeros fallecidos para sobrevivir sin comida tantos días bajo temperaturas tan extremas, me impactó conocer a alguien que hubiese pasado por tantas dificultades. Ahora que lo pienso era un persona que seguramente había atravesado todos los miedos imaginables, en especial el miedo a la muerte.
En ese momento quise ayudarle de la mejor manera posible, y centré mi energía para poder hacerlo y no quedarme en el shock inicial, perpleja y haciendo preguntas sin sentido.
La cuestión era que precisamente en el momento del rescate, sus cámaras fueron requisadas y las imagenes que habían tomado durante su "naufragio" alpino, fueron adquiridas por una agencia de prensa internacionalmente conocida y habian estado utilizandolas desde entonces, sin pagar derechos de autor, pero sobretodo sin pedir permiso.
Hice un par de llamadas y le puse en contacto con un abogado experto en este tipo de litigios en NYC que le iba a poder ayudar.
Ramón Sabella estaba muy consternado, porque para el no era ético utilzar mucha de aquellas imagenes, algunas que el jamás hubiese vendido porque eran muy intimas y fueron utilizadas con un tono sensacionalista.
Estuvo cerca de 30 minutos largos en mi despacho, yo sentía un grandísimo respeto por todo lo que me estaba contando. No quise entrar en ningún detalle morboso, por respeto y porque nunca había querido enterarme mucho de esa historia, porque siempre me había afectado.
Pero cuando se marchaba por la puerta después de habernos intercambiado tarjetas y correos, sentí que no podía dejarle ir sin antes preguntarle algo trascendental y salí corriendo detrás de él:
Señor Sabella, ¿qué consejo me daría usted para la vida?, me salió sin pensar.
El se quedó pensativo y mirándome con ojos sabios y tiernos, me respondió: Nunca dejes de decir lo que sientes muchacha.
Lo asimilé, agradecí y seguidamente le dije: por cierto ¿a qué se dedica usted hoy en día?, Y me contó que tenía una empresa internacional de ascensores, que tenía clientes en varias partes del mundo y que pasaba la vida viajando en avión.
Dejé que esta última pieza de información calara en mi consciencia sin hacer mas preguntas. Estas se respondían por si solas. Era evidente que este señor ya había pasado por tanto que había perdido el miedo a casi todo y por otro lado valoraba tanto la vida que no iba a dejar de vivirla por lo que le había sucedido. Y si por estadisticas nos fiaramos, sería muy difícil que le volviera a suceder lo mismo.
Hace poco leí algo que decía: "es realmente cuando perdemos el miedo a la muerte que empezamos a vivir la vida". Y pienso que no solo se trata del miedo consciente, sino del qué tambien está sembrado en nuestro inconsciente y en el del consciente colectivo de la humanidad. Miedo a la muerte como quien dice miedo a quedar en ridículo, a envejecer, a perder las riquezas, a la luz, al amor, el éxito, en fin todas ellas distintas formas de morir.
Lo que me resulta mas curioso es que una vez que enfrentamos estas cosas y hemos ganado nuestra libertad (entiéndase libertad como el haber caído en cuenta que nuestra vida está en nuestras manos y que con nuestras decisiones y elecciones la llevaremos por buen o mal camino), muchas veces asusta mucho mas que el mismo acto de morir.
Sus palabras e historia siempre me acompañan desde entonces, la he contado a algunos amigos y familiares, y siempre ayuda a alguien en algún momento de dificultad.
Ahora que me vuelvo a pasear por ella, encuentro un significado mas profundo a ese encuentro casual. Es somo si los olivos de ese paisaje, estuviesen dando frutos. Claramente la historia es la misma, solo que mi consciencia ahora tiene mas perspectiva de vida y mas amplitud en la mirada interna.
Ramón Sabella fué el regalo que ese día la vida me tenía preparado. ¡Qué bonito me resulta mirar hacia atrás y sentir que la vida cobra sentido con el intercambio fructífero entre dos personas¡ y ahora también con quien lea y pueda disfrutar de esta historia.
Aún desconozco si le serví de alguna ayuda y finalmente logró recuperar los derechos. He conseguido su contacto y le escribiré para saber.
Ramón Sabella, ahora se dedica también a dar conferencias de liderazgo y desarrollo por el mundo.
Me parece increíble todo lo que esta gente ha crecido por dentro por la vivencia en los andes.. Será que el ser humano no aprende sino hay problemas extremos o nos caemos?
ResponderEliminarPienso que en definitiva esas vivencias extremas nos hacen ver de una manera abrupta lo que es importante y lo que no lo es.
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